Mi abuelo y su bastón.
Mi abuelo y su bastón.
Era tal como una parte, un
órgano, una extremidad más tanto del material cuerpo /físico/ una extensión de
su ser, su alma. Algo con lo que su mente y alma se apegan tanto a él, que tu
carácter cambia, tus sentidos se adormecen, tus reflejos no son los mismos y te
sientes que sin aquel… no podrías vivir o mantenerte en equilibrio.
El bastón vino a él ya en los
80’s acercándose a los 90’s. Lo cargaba, claro que sí, lo llevaba por complacer
a su extensión material, su amada esposa y sus hijos. No lo necesitaba, desde
los 60’s lo acompañaba. Poco después su mente quería darle uso a aquel cuerpo
exógeno que se le incorporaba en su apariencia física. Se fue dejando llevar
por el deseo de explotar ese dote artificial, entonces, su cuerpo se fue
haciendo más curvo, su necesidad de mantenerse alerta por si se llegara a
tropezar y caer ya no existía. Se hizo tan suyo que ya es dependiente de él.
Aunque perfectamente el abuelo puede pararse sin él, caminar si él, porque el
poder del cerebro y la mente lo pueden todo.
Pero no, aquí no es así. Necesita
levantarse y saber que no se le haya ido de su lado aquella madera pulida y
tallada o aluminio trabajado, pudieran servirle de apoyo. Si va a almorzar
necesita saber que está allí a su lado, o por lo menos lo está rectificando con
su mirada que sea verdad. Después y en todo momento lo necesita como si fuera
su fe en la vida, esa protección divina de todo mal y peligro. Una caída puede
acabar con la vida de cualquiera.
Ya se ha metido en su mente y lo
siente tan parte de él que no lo puede dejar ir, soltarlo. Lo necesita siempre,
como la luz de sus ojos o un bebe recién nacido de su madre.
Sólo cuando va a misa y no se va
a parar de la silla, esa negra y postrada silla de ruedas a la que, el uso de ese
palo de subordinación (desde su origen para cazar o pastorear rebaños
obedientes y controlados) logró adoctrinarlo y adiestrarlo. Desde allí lo lleva
como una ideología cristalizada en un objeto físico, en la realidad material.
Es así que pasa su día sentado y
durmiendo en los corredores de su blanca casa, rodeada de árboles y plantas. En
un sillón, sí, pero sin dejar en algún momento de lado a aquel amigo que
siempre nos acompañara. Ni para dormir se puede separar. Antes de ir a dormir,
insomnio si no está, mañana siguiente, desespero por querer salir de esa fría
cama y de aquel cuarto oscuro, pero no poder porque no sabe que le han hecho su
bastón.
· Transcurre su vida, siempre llevándolo en
su mano. Mas a la hora de sus baños cuenta con los soportes que no parecen
agradecerse mucho… sus hijas que siempre están a su lado, llevándose o trayendo
su compañero incondicional.

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